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FUEGO ARRASADOR

 

 

En 1945 el mundo quedó perplejo frente a la devastación causada por la bomba atómica que fue lanzada sobre la ciudad japonesa de Hiroshima. Tristemente eso no fue nada comparado con armas inventadas con posterioridad.

En los años 60´s la antigua Unión Soviética detonó una bomba 5,000 veces más poderosa que la de Hiroshima. De más está decir que las armas existentes en la actualidad superan con creces el poder de destrucción de aquellas bombas.

 

Hablando del poder de destrucción, es imposible dejar de pensar en los incendios que en estos días están consumiendo los bosques de Chile. Hasta el momento en que escribo este devocional, el balance oficial del gobierno dice que se han controlado 62 incendios, pero hay otros 43 que siguen arrasando los campos y bosques del país. Hasta el momento el fuego ha consumido 104.827 hectáreas.

 

Nos horrorizamos y nos entristecemos frente a semejantes “armas” destructivas y nos preguntamos: ¿habrá otro poder más destructivo que estos? Y la respuesta lamentablemente es que si, si lo hay, aunque no tiene nada que ver con extraños metales, ni elementos de la naturaleza.

 

“... la lengua es una pequeña parte del cuerpo, pero presume de grandes cosas. Hasta un gran bosque puede incendiarse con una pequeña y débil llama de fuego. La lengua es como la chispa que prende el fuego. De todas las partes del cuerpo, la lengua es todo un mundo de maldad, contamina todo el cuerpo. La lengua incendia todo el curso de nuestra vida y sus llamas vienen del mismo infierno”. Stgo.3:5-6

 

Un pequeño y aparentemente inofensivo órgano, que si no está controlado, es capaz de producir más muerte, dolor y sufrimiento que las armas antes mencionadas.

Con nuestra lengua podemos bendecir, animar, ayudar, consolar a quienes nos rodean, de la misma forma en que podemos desanimar, derrumbar y destruir. Todo depende de a quién le hemos entregado el control de ella.

 

Cuando actuamos por nuestra cuenta, sin temor reverente a Dios, ni el dominio propio que viene del Espíritu Santo trabajando en y por nosotros, seremos tentados por nuestros propios deseos y éstos nos arrastrarán y dominarán, (Stgo.1:14), haciéndonos criticones, murmuramos, mentimos, calumniamos, chismeamos, decimos groserías y peor aún, renegamos de Dios.

No le demos lugar al diablo, ni seamos culpables de la destrucción arrasadora de las llamas de una lengua descontrolada. Permitamos que Su Espíritu nos domine y aprendamos a refrenar nuestra lengua y si vamos a hablar de alguien que sea algo edificante, que bendiga y honre a Dios.

 

“¡Toma control de lo que decimos, oh Señor, y guarda nuestros labios!”. Sal.141:3

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