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Trago Amargo

 

 

La historia del pueblo de Israel está llena de “altos” y “bajos”. Después de haber vivido por 400 años como esclavos en Egipto, podríamos pensar que, tras haber sido liberados, con Moisés a la cabeza, el viaje que emprendieron hacia la tierra que Dios les había prometido, fue una travesía llena de aventuras, comenzando con la apoteósica apertura del mar, pasando al otro del mar, dejando atrás al ejército egipcio y experimentando victoria tras victoria. Sin embargo la cosa no fue así.

El viaje se fue alargando, los ánimos se fueron caldeando, apreció el cansancio, la desconfianza, los desacuerdos, el hambre y la sed… ¡Una sed insoportable!

 

Finalmente encontraron agua, pero tan amarga que no pudieron tragarla. Imagina la escena, estaban furiosos contra Dios y contra Moisés, incluso bautizaron aquel lugar con el nombre de “Mara” que significa “amargura”… y comenzaron las quejas y lamentaciones:

- “¡Nos vamos a morir!”, “¿Quién nos mandó venir a este lugar?”, ”¿Cómo es posible que nos pase esto?”, “Acaso Dios se burla de nosotros?”

 

Moisés soportó las quejas pacientemente y oró a Dios pidiendo ayuda. Él le mostró un árbol y le ordenó que lo arrojara al agua amarga… y al instante el agua se puso dulce. Dios probó a los israelitas y además les dio reglas de conducta. (Ex.15:22-26)

 

Las aguas amargas tarde o temprano nos alcanzarán y tendremos que tomarlas. Y seamos honestos, a todos nos gusta celebrar nuestros éxitos, pero nadie anda celebrando los “tragos amargos” de la derrota, del quiebre de una relación, de la traición, separación, desilusión de los amigos, una quiebra, enfermedad, muerte, etc.  Sin embargo y a pesar de todo, aunque nos cueste aceptarlo, muchas veces aprendemos más de los tragos amargos que de los dulces.

 

Como hijos de Dios hemos escuchado que “Él obra en toda situación para el bien de quienes lo amamos, quienes hemos sido llamados por Dios de acuerdo a su propósito” Rom.8:28, pero más que oírlo, llegó el momento de creerlo y reconocer que ninguno de los esfuerzos que nosotros hagamos serán suficientes, comparados al poder y los propósitos de Dios para nuestra vida.

 

Aún en medio de nuestro dolor y frustración, aunque no es nada fácil, cuando estamos en Cristo (nuestro árbol), es posible endulzar la amargura. Comprobaremos su fidelidad y creeremos que sus pensamientos y caminos para nosotros están muy por encima de los nuestros.

Su Palabra y el cumplimiento de sus promesas, son la miel que endulza nuestros tragos amargos.

 

 

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