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¡INJUSTICIA!

 

En época de Semana Santa solía ver todas las películas relacionadas con la pasión de Cristo y sin excepción, cada vez que veía aquella escena, cuando las mismas personas que habían recibido a Jesús con bombos y platillos una semana antes, fueron los mismos que después gritaron: ¡crucifíquenle!, me daba mucha rabia.

 

¿Cómo era posible que, habiendo tenido la oportunidad de librar a Jesús, (siendo inocente, nunca pecó, ni hizo mal a nadie), de tan cruel muerte, a la hora de la hora, prefirieron soltar a Barrabás, un ladrón, rebelde y asesino?

 

¡Qué injusticia!, pensaba y preguntaba a Dios: - ¿“Cómo es posible que hayas permitido aquella atrocidad”? ¿por qué no mandaste un rayo que los matara a todos? Esos malagradecidos mataron a tu Hijo Dios… ¡y no lo impediste!  - “¿por qué?”

 

Nuestro concepto de “justicia” está muy alejado del de Dios. Solemos pensar cosas como:

“Qué injusticia la calificación que me dieron, mi trabajo era superior, tú lo sabes Dios”

“Qué injustos son mis papás Señor…  Me castigaron y no tienen razón, son unos anticuados”

“¡Que injusticia Dios… me porto bien, en cambio aquel es un malvado y mira como prospera!

 

Lo cierto es que, si Dios pusiera en marcha solamente su justicia, estaríamos perdidos…

"No hay un solo justo, ni siquiera uno; no hay nadie que entienda, nadie que busque a Dios. Todos se han extraviado; por igual se han corrompido. No hay nadie que haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.”  Rom 3:10-12

 

¡Qué dura palabra! Creemos que no somos tan malos y no nos gusta que nos digan que somos pecadores, pero es así. Nosotros también formamos parte de aquella multitud que condenó a muerte a Jesús.

Pero gracias a Dios que, junto a su justicia, Él echó andar su maravillosa Gracia, un regalo inmerecido, por cierto, permitiendo que Jesús muriera en aquella horrible cruz para rescatarnos.

 

Dios transformó la maldición en bendición y gracias a la preciosa sangre de Cristo derramada en la cruz por nuestros pecados, hoy somos declarados justos, sin mancha, libres de culpa.

 

Qué maravilloso es que, aún sin merecer el perdón, ni el amor de Dios, su misericordia es tan grande, que Él mismo ingenió la forma para que pudiéramos ser salvos… y ser declarados justos delante de él, para librarnos de la condena que realmente merecíamos, la muerte.

Es gracias a Su justicia que podemos presentarnos delante del Padre, porque la justicia es una persona: Jesucristo… 

 

Hagamos propias las palabras de Dios a Josué:

“Como puedes ver, ya te he liberado de tu culpa, y ahora voy a vestirte con ropas espléndidas”. Zac. 3:4b

 

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