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DISCAPACIDAD

Años atrás leí sobre algunas costumbres del pueblo esquimal impactantes. Por ejemplo, al dar a luz las madres, escondían por meses a sus bebés ya que éstos obviamente nacían sin dientes y en esa cultura, los dientes no sólo se utilizaban para comer, eran más bien una herramienta primordial para la sobrevivencia. Lo mismo sucedía con los ancianos, cuando perdían su dentadura se les llevaba a un lugar apartado, abandonados a su suerte. Ambos eran considerados personas discapacitadas, no colaboraban para nada, por lo tanto, eran desechadas.

 

Nos horroriza la idea, sin embargo el día de hoy el rechazo a ciertas personas sigue vigente, pero más disfrazado. Tal vez no matamos a nadie, pero si los segregamos, los hacemos a un lado porque son “raros”, “diferentes” y les tenemos lástima… que está lejos del amor misericordioso que viene del corazón de Dios y que sólo nos puede dar el Espíritu Santo.

 

Dura costumbre, ¿verdad? Tan dura como el letrero que leí en un estacionamiento público:

- ¡“Si me quitas mi lugar, quédate también con mi discapacidad”!... dirigido a quienes les importa un comino y sólo pensando en su comodidad y bienestar, tienen la mala costumbre de estacionarse en lugares apartados especialmente para quienes tienen alguna discapacidad.

Resulta tentador usar esos lugares privilegiados, pero puedo asegurarte que para nadie resulta tentador quedarse con la discapacidad de otro, por gusto.

 

Sin embargo, hubo Uno que si estuvo dispuesto a ceder su lugar de privilegio, siendo Dios mismo, no se aferró a todos sus privilegio divinos, como la excusa perfecta para no juntarse con “la chusma”, sino que en obediencia total a su Padre Celestial, se dispuso a ocupar nuestro lugar, ser como uno de nosotros y dar su vida, para librarnos de todas nuestras incapacidades. (Fil.2:6-8)

 

Jesús al vernos incapacitados para deshacernos de nuestros pecados, sobrellevar nuestras cargas, librarnos de angustias, enfermedades y dolor, actuó con su amor incondicional, empatizó con nosotros, se puso en nuestros zapatos, nos comprendió conociedo en carne propia lo que sentimos.

 

Cuidado de pensar que la discapacidad sólo se trata de algún impedimento físico, que es terrible, también existe la discapacidad espiritual… que es tanto o más desastrosa que la física.

 

“Tú dices que eres rico, que ya tienes todo en abundancia y que no necesitas nada, pero no te das cuenta de que en realidad eres un desdichado, miserable, pobre, ciego y desnudo”. Ap.3:17.

 

No existe mayor discapacidad que creernos sanos y normales, cuando tenemos la arrogancia de creer que no necesitamos a Dios, que lo que tenemos y hemos logrado es por mérito propio.

Dios nos libre de todo orgullo y ayude a mirar como superiores a las demás personas siempre.

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