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¡TE LO PROMETO!

Recuerdo una anécdota que vivió mi abuelo en uno de sus tantos viajes como predicador de la Palabra y distribuidor de Biblias en recógnitos poblados, apartados de la civilización, de la República Mexicana.

 

Estando de paso por uno de esos pueblitos decidió cortarse el pelo en una sencilla peluquería. Al momento de pagar, se dio cuenta que su dinero había "desaparecido". Él le contó que era cristiano, lo de las Biblias y un tanto avergonzado se disculpó con el peluquero, explicándole que no tenía ni medio centavo, y le dijo:

- "No tengo con qué pagarle, ni cómo volver a casa.  ¿Ud. me prestaría lo necesario para regresar? Le doy mi palabra de hombre que volveré a cancelar mi deuda". 

 

El peluquero accedió, le dio un apretón de manos y se despidieron.

 

Me pregunto qué cara pondría tu peluquero si el día de hoy te sucediera algo similar. Desafortunadamente vivimos en días en los que "se promete mucho y se cumple poco", causando grandes disgustos, desilusiones y peor aún si nos decimos seguidores de Cristo, dejamos muy mal "parado" a nuestro Señor.

 

Nos es fácil prometer a nuestros cercanos cosas bien intencionadas, como: "subir mis calificaciones", "no volver a mentir", "ponerme a dieta", "llamarte por teléfono", "escribirte", "visitarte", "amarte para toda la vida", "no pelear más”, "estar contigo en todas", etc. ¡Pero!, por una o otra razón olvidamos nuestro compromiso, nos entusiasmamos con otra cosa, faltamos a nuestra palabra y terminamos por destruir la confianza que han puesto en nosotros.

 

Para qué decir con Dios. Recordemos momentos en que hemos estado con "la soga al cuello", atrapados sin salida, le prometemos una serie de cosas esperando Su ayuda, un milagro que nos saque del hoyo, y cuando lo hace, tristemente muchas de estas promesas de "emergencia", quedan en nada.

 

Eclesiatés 5:1-7 nos aconseja al respecto:

“Seamos cuidadosos, escuchemos con atención lo que Dios nos dice. Obedezcámosle y no ofrezcamos algo sin antes pensar lo que hacemos. Pensemos antes de hablar, no digamos tonterías de las cuales tendrás que disculparte. No hagamos que Dios se enoje con nosotros y destruya lo que tanto trabajo nos costó”

 

Si hacemos alguna promesa a Dios, no tardemos en cumplirla, porque a Él no le gusta la gente que no cumple.

Más vale no prometer, que prometer y no cumplir.

 

Volviendo a la historia de mi abuelo, te cuento que tiempo después regresó a aquel pueblo, pagó su deuda, y agradeció al hombre por haber confiado en su palabra. El peluquero sorprendido, le confesó que él había dado por perdido ese dinero. Y Dios usó esa oportunidad para que Él escuchara hablar de Jesús. Lo aceptó como su Señor y Salvador y se hicieron amigos.

 

Cumplamos nuestras promesas y midamos el alcance que ellas pueden tener.

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