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DESCUBRIMIENTOS

Vi un programa donde hablaban de los más increíbles descubrimientos científicos. Uno de ellos estaba relacionado con el ADN y de cómo dos científicos en especial, después de largos años de investigaciones, lograron leer todo el mapa del genoma humano.

 

Lo que llamó mi atención es que estos grandes científicos hicieron sus descubrimientos, entre otras cosas, basados en los conocimientos, descubrimientos y desarrollos alcanzados por científicos, anteriores a ellos, a quienes estudiaron y admiraron.

No comenzaron de cero, haciendo valer sólo sus logros, sino que sumaron los descubrimientos anteriores y así lograron un nuevo descubrimiento en beneficio de toda la humanidad.

 

Este mismo método científico lo deberíamos aplicar a nuestra vida, y el campo espiritual no es la excepción. Sin embargo, preferimos la teoría de aquello que “nadie experimenta en cabeza ajena” y nos lanzamos a la aventura.

 

Recordemos nuestros años de adolescencia, cuando creíamos saberlo todo y pensábamos que los consejos de los viejos eran retrógrados, ridículos o fuera de contexto. Cualquier cosa era mejor que escuchar y aprender del testimonio y experiencia de los mayores. Nos sentíamos en centro del universo.

 

Lo triste es cuando prolongamos esa adolescencia, rehusándonos a escuchar el consejo de otros, a aprender de los conocimientos, experiencia y sabiduría de otros, creyendo que tenemos la razón, justificando nuestros errores, restando importancia a la gravedad de ellos, o culpando a los demás.

La Palabra nos dice: “Consigue todo el consejo y la instrucción que puedas, para que seas sabio por el resto de tu vida”. Prov. 19:20

 

Es erróneo creer que somos incompetentes, por el hecho que otra persona nos aconseje.

No nos dejemos llevar por la corriente, accediendo a los valores y opinión de lo que la mayoría dice o hace. Más bien seamos humildes y aunque no siempre es fácil, demos gracias a Dios por enviar personas sabias que están dispuestas a aconsejarnos, enseñarnos, acompañarnos o corregirnos y abramos nuestros oídos para escuchar con un corazón dispuesto a cambiar si es necesario, aprender y enmendar lo que esté equivocado.

 

Lamentablemente una de las causas por la cual nos cuesta aceptar consejos es por un problema de orgullo. Nos creemos sabios en nuestra propia opinión (Prov. 3:7), o bien nos sentimos superiores al resto o tememos que podemos perjudicar nuestra reputación.

 

Dios aborrece es el orgullo. Unos ojos soberbios son las ventanas por donde una persona engreída mira con aires de superioridad al resto. El orgullo nos lleva a pensar que sabemos más que Dios, (el creador de nuestro ADN), nubla nuestros pensamientos y nos lleva a rechazar Su ayuda.

 

Seamos humildes y receptivos a los “descubrimientos” que otras personas con más experiencia nos pueden enseñar y aportar.

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