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Colosenses 3:16-17 (NTV)

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EL DESAFÍO DEL PROFESOR CRISTIANO

 

Hoy les comparto este artículo escrito por Flor Toledo. Flor es licenciada en educación y una feliz profesora de inglés. Trabajó por más de quince años en el ministerio de adolescentes LPC «Locos por Cristo» en Temuco, Chile y hoy sirve en Union Church, en Viña del Mar. Su gran pasión es inspirar la vida de niños y preadolescentes para que se encuentren con el amor de Jesús.

 

Recuerdo la conversación de un grupo de preadolescentes, alumnos de un renombrado colegio cristiano, quienes aseguraban que por ningún motivo traerían a sus futuros hijos a estudiar a este lugar. ¿Por qué razón? Simplemente porque estaban cansados de la inconsecuencia de sus profesores, quienes asistiendo a comunidades de fe actuaban con indiferencia ante las diversas problemáticas que los chicos enfrentaban. Para estos jóvenes era muy difícil encontrar profesores que se relacionaran con los alumnos como Jesús lo haría: con amor genuino.

 

En estos diez años interactuando con distintos profesores en diferentes contextos educativos, he notado que muchos de ellos utilizan diversos calificativos para referirse a sus alumnos en la intimidad de la sala de profesores. «¡Son unos rotos! ¡Flojos! ¡No llegarán a ninguna parte! ¿Qué se creen? ¡No tienen vuelta!», y otras tantas expresiones que no se pueden escribir.

 

Escuchar este tipo de expresiones fue tremendamente impactante al comienzo, pero debo admitir que con el tiempo me fui acostumbrando tanto a ellas que incluso aprendí esta forma de hacer catarsis. Total, el secreto quedaba entre nosotros. Pero, ¿no es acaso esta una forma de agredir a una persona? ¡Pues claro que lo es! Y así de fácil caemos.

 

Cuando hablamos de bullying inmediatamente pensamos en estudiantes, y en cómo los profesores más efectivos pueden detectarlo, administrar sanciones y evitar que estos hechos vuelvan a ocurrir. Sin embargo, debemos tener en cuenta que no basta con reaccionar adecuadamente. Lo mejor es evitar que estos actos de violencia se produzcan.

 

Debemos recordar el poder que nuestro buen ejemplo puede tener en la vida de un niño. Jesús nos dijo que somo luz, y como profesores e hijos de Dios, somos modelos que deben alumbrar en medio de relaciones rotas, odios, violencia, descalificación, rencor y soledad. Somos ejemplo, personas que debieran inspirar a otros. Por eso es necesario que abandonemos todo tipo de inconsecuencia, incluso aquella que vivimos en la intimidad del pensamiento.

 

No podemos pedirles a nuestros niños y adolescentes que se interesen por otros cuando nosotros no sabemos sus nombres. No podemos animarlos a que se respeten, si los humillamos o los miramos con desprecio. Es imposible pedirles que no sean violentos cuando les hablamos de forma áspera. Sería ridículo ordenarles que no se burlen de los defectos de otros, cuando nosotros los llamamos con sobrenombres y no resaltamos sus virtudes. Definitivamente, no podemos decirles a nuestros alumnos cómo no deben relacionarse con otros, sin haberles mostrado cómo hacerlo correctamente.

 

Jesús mismo preguntó: «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en el hoyo?» (Mateo 6:39). Es muy difícil ser formadores de personas, detener el bullying, y resolver conflictos cuando nosotros estamos ciegos y no sabemos amar. Al movernos en ambientes donde reina la violencia, desarrollamos una especie de anticuerpo frente a ella, acostumbrándonos y siendo parte incluso de ésta. Jesús continúa: «El discípulo no está por encima de su maestro, pero todo aquel que haya completado su aprendizaje, a lo sumo llega al nivel de su maestro.» (Mateo 6:40).

 

¿Qué tal si tus alumnos fueran como tú? ¿Cómo serían sus miradas? ¿Cómo serían sus actitudes? ¿Cómo actuarían ante el conflicto? ¿Se relacionarían con amabilidad? Jesús es claro. Nuestra forma de vida influye en aquellos a quienes formamos. Nosotros, los profesores, establecemos parámetros y conductas. Somos nosotros quienes debemos mostrar cómo se ama, cómo se respeta y cómo se interactúa adecuadamente.

 

En abril de este año el suicidio de un joven de 15 años conmovió la ciudad. Andrés decidió quitarse la vida después de una fiesta multitudinaria. Sus amigos cercanos cuentan que lo hizo porque se sentía solo. Cuando supe la noticia pensé inmediatamente en mis alumnos de 13años. Simplemente no soportaría que alguno de los míos tome una decisión como ésta sin al menos haber detectado el sufrimiento que enfrentaba y haber hecho algo al respecto. Ese mismo día decidí comenzar a actuar y a predicar de una forma distinta. Comencé a decirles cuán valiosos eran, y también ofrecí escucharlos. De a poco cada vez más niños y niñas fueron abriendo su corazón. Así descubrí que simplemente están solos y sin modelos que inspiren sus vidas, ya que incluso sus padres no tienen tiempo para ellos. Comencé a orar, y Dios comenzó a recordarme versículos específicos para reflexionar cada semana junto a ellos.

 

Me determiné a hablar de sus virtudes, y a referirme a ellos con palabras de bendición: «¡Has avanzado!» «¡Te ves bien!» «¡Qué alegría verles el día de hoy!» «¡Los felicito!» «¡Qué guapos!» «¡Esta será una buena semana para nosotros!» «¡Ustedes llegarán lejos!». La oración despertó en mí la valentía de orar junto a ellos cada semana y libremente hablar de Jesús. Además, diseñé diversas actividades para animarlos a conocerse y a valorarse mutuamente. Y… ¿Qué creen? Se han transformado en un curso maravilloso, y hasta sus calificaciones son increíblemente buenas. ¡Sólo el amor de Jesús transforma de esta manera!

 

Por eso, y tal como lo dice Mateo 6:39-40, es muy importante que seamos buenos ejemplos para nuestros alumnos ya que ellos nos identificarán como modelos e imitarán nuestras conductas. Es necesario que cada día sea más evidente que somos discípulos verdaderos de Jesús. No aceptemos que de nuestra boca salgan palabras que hundan a niños y jóvenes, por el contrario, los discípulos de Jesús se reconocen sólo por una cosa: el amor. «De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros.» (Juan 13:35).

 

¿Y ahora qué?

No utilices palabras despectivas para referirte a tus alumnos, aun cuando ellos te hayan faltado el respeto a ti.

No respondas violentamente ante una actitud violenta. Si es necesario cuenta hasta 10 antes de responder.

Si es necesario corregir cierta actitud, evalúa si debes hacerlo frente a los demás. Generalmente siempre es mejor llamar a la persona, y solucionar solo con él o ella cualquier problema.

No permitas que te gobierne la ira.

Observa a tus estudiantes.

Acércate con amor y conversa con ellos.

Fomenta el diálogo y el conocimiento entre ellos.

Diles explícitamente que cuentan contigo.

Ora por ellos y pídele discernimiento al Espíritu Santo para abordar los conflictos.

Esfuérzate por ser un buen modelo de Jesús.

 

Flor Toledo

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