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TITULOS


Hace casi 10 años atrás me titulé de Psicóloga, “sin moverme de mi escritorio”. Deja explicarte. Nuestra hija menor estudió psicología, pero por encontrarse viviendo fuera del país, no pudo estar presente en su ceremonia de titulación, donde además recibiría premio al mejor rendimiento y promedio de su promoción.

En vista de ello, le pidieron que en su lugar fuese algún familiar a la ceremonia a recibir su título y premios, ¡y yo fui la afortunada!

Allí estaba yo, sentada en el lugar donde mi hija hubiese estado. Recibí su título profesional, sus premios, las felicitaciones de la directora, del decano de la universidad y el aplauso de sus compañeros.

Ese día me sentí como una reina, disfruté de éxitos y logros ajenos, como si hubiese sido yo quien los había ganado. ¡Me llegó una herencia, sin haber movido un dedo!


Este suceso me hizo pensar en el sacrificio de Jesús, “quien siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz! Fil. 2:6-8


¡Qué fácil nos resulta colocarnos la corona de laureles y sentir que nos hemos ganado el lugar de honor como hijos de Dios! Pero se nos olvida que fue Jesús quién hizo todo. Él abrió y compró a gran precio los espacios y privilegios que hoy podemos ocupar y disfrutar.

Cuando recibamos algún título o reconocimiento, recordemos darle la gloria a quien realmente se la merece y no nos creamos el cuento de que nosotros somos merecedores de ella.


Jesús se hizo cargo de todas nuestras deudas. Él las tomó, las puso en su cuenta y con eso, asumió las terribles consecuencias del costo, que nosotros deberíamos haber pagado. Él nos libró de la muerte y del infierno y compró nuestra libertad. Y como si eso fuera poco, nos bendice al darnos una herencia incalculable.


“Demos gracias con alegría al Padre. Porque es él quien nos ha facultado para participar de la herencia de los santos en el reino de la luz”. Col. 1:12


Nada de lo que hagamos, por bien hecho que esté, nos hará merecedores de adjudicarnos el honor que sólo le corresponde a Jesús. ¡Cuidado con vanagloriarnos! Sólo él es digno de recibir toda honra, honor y gloria, ser admirado y recibir nuestra admiración y gratitud.


Recordemos que cuando Dios nos da algo, eso nos hace responsables. Debemos administrarlo bien, para bendición y edificación, no sólo personal, sino para la de las personas que nos rodean. Enseñar a otros lo que hemos aprendido, porque lo que de verdad hemos aprendido es aquello que somos capaces de poner en práctica, comenzando por nuestra propia vida.

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Colosenses 3:16-17 (NTV)

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