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MANOS ATADAS

Años atrás fui operada de mis dos manos simultáneamente y quedé literalmente de "manos atadas". Ambas manos vendadas, incapacitada para realizar mis tareas diarias y una de mis hijas tuvo que hacerse cargo de mí. ¡Me tenía en sus manos! "

 

Durante mi primera semana de convalecencia dependí casi 100% de ella. Fue una experiencia hermosa, (por su demostración de amor y paciencia), pero en momentos resultó algo complicado y frustrante.

En un período de dos semanas me sacaron las vendas y después los puntos. En el intertanto tuve que retirar los parches que protegían las heridas para lavarlas, desinfectarlas y volver a colocarles un parche para evitar que se mojaran, se infectaran y pudieran cicatrizar normalmente.

 

En nuestra relación con el Señor, cuando atravesamos fuertes crisis, nos sentimos así: "¡de manos atadas!", incapacitados para hacer algo que pueda librarnos de la prueba o terminar con las circunstancias adversas por la que estamos atravesando.

 

Nos gusta tener todo bajo control y cuando esto no sucede, nuestra tendencia primera es hacer todos los esfuerzos posibles y tomar cuanto recurso esté a nuestra mano para solucionarlo de inmediato. Es esa vieja tendencia “independentista” que vive en nosotros que nos lleva a pensar que podemos hacer las cosas a nuestra manera y cuando queramos. No nos es fácil o natural recurrir a Dios en primer lugar y “quedarnos quietos”, esperando que Él obre.

 

Al pasar los días nos desesperamos porque nuestras estrategias ¡no funcionan! Y entonces, como un agregado más de una ensalada, recurrimos a Dios, reclamando sus promesas y pidiendo auxilio: ¡Señor, estoy de manos atadas!

Vemos esas crisis como momentos de "incapacidad total", como algo negativo o como un fracaso, en lugar de detenernos a pensar que Dios quiere que dejemos a un lado nuestros métodos para depender 100% de él, dejar que nos cuide, y nos sane en el proceso.

 

¿Por qué hay heridas y tiempos de "manos atadas" que pareciera que nunca pasan? Me temo que es porque nosotros mismos nos quedamos con los ojos puestos en nuestras heridas, y en lugar de permitir que Dios las desinfecte y las sane. Hacemos como los perros, comenzamos a "lamerlas" y damos cabida a la auto compasión, causando una infección que invade nuestro corazón, y ¡terminamos con todo el cuerpo vendado!

 

“Bendeciré al Señor, que me aconseja; aun de noche me reprende mi conciencia. Siempre tengo presente al Señor; con él a mi derecha, nada me hará caer”. Sal.16:7-8

 

Lejos de lamentarnos, la Palabra nos anima a confiar y bendecir a Dios. Su presencia está permanentemente a nuestro lado, jamás nos abandona y si ponemos nuestra confianza en Él, por difícil que sea la prueba, nada nos hará caer.

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