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EL ARADO

Por años vivimos en una ciudad al sur de Chile y cada oportunidad que tuvimos, recorrimos los alrededores deleitando nuestra vista.

Recuerdo en especial un paseo a principios del verano. Un día luminoso, el campo con suaves lomas, alfombradas con delicada hierba, como un espléndido tapiz oriental. En un rincón, un inmenso y añoso árbol, un santuario para cientos de pajaritos.

Más adelante, un campo repleto de flores amarillas, moradas y violeta. ¡Qué vista! Era como un cuadro que recreaba nuestra vista y nos hacía dar gracias a Dios por su fantástica creación.

 

Apenas dos semanas más adelante pasamos por el mismo lugar y cual sería nuestro asombro al ver que aquel maravilloso paisaje ¡no existía más! Un labrador, con un tremendo tractor había arado todo aquello, dejando solamente unos tremendos surcos.

La alfombra verde y hermosas flores se convirtieron en tierra de color café obscuro. En vez de pajaritos, ahora se veían unas cuantas gallinas rascando la tierra buscando gusanos. ¡Qué desilusión! ¿Por qué hicieron eso?

 

Meses después regresamos al mismo lugar y nuevamente nos sorprendimos. Frente a nuestros ojos estaba un campo lleno de trigo maduro, balanceándose con el suave viento. Miles de pesadas gavillas, cargaditas de sol estival, listo para ser cosechado. Aquella fea tierra café obscura, se había convertido en un campo de hermosos colores dorados.

 

Dios, el Labrador celestial, trabaja en la tierra de nuestro corazón. Ciertamente es un proceso que no nos gusta porque por lo general pensamos que estamos bien, y cuando él usa su arado para desarraigar y quitar malezas que nosotros consideramos valiosos y bellas, nos duele, incomoda y enoja. Sentimos que está destruyendo nuestro maravilloso campo de flores, pero en realidad él está eliminando aquello que impide que desarrollemos el potencial y demos el fruto que espera.

 

¿Cómo puede Dios arar nuestro corazón? ¡A través de su Palabra! Porque “Todo lo que está escrito en la Biblia es el mensaje de Dios, y es útil para enseñar a la gente, para ayudarla y corregirla, y para mostrarle cómo debe vivir” 2 Tim.3:16

 

Cuando nos abrimos a escuchar la voz de Dios en Su Palabra, y la obedecemos, permitimos que ésta are y transforme nuestro corazón y cambie nuestra manera de vivir, deshaciéndonos de todo lo malo, lo negativo y lo desordenado que ofende a Dios y entristece su corazón.

 

Dios es como un hábil granjero que con dedicación nos corrige y elimina toda maleza que impide que Su semilla crezca y abre surcos para dar cabida a la presencia del Espíritu Santo para dar un fruto abundante.

Su Palabra transforma nuestro corazón en tierra fértil, listo para ser sembrado y dar frutos eternos.

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